Nos encontramos al comienzo de una nueva campaña de incendios forestales. Como cada año, se insiste en que todo dependerá del calor, del viento o de la mala suerte. Se transmite así la idea de que los incendios son un fenómeno inevitable, una realidad con la que debemos aprender a convivir.
Pero no es verdad.
Los grandes incendios forestales no son una fatalidad. Son una catástrofe cuya magnitud puede prevenirse si se actúa con anticipación, mediante una política forestal basada en el conocimiento científico, la prevención y la gestión responsable del territorio. Las grandes catástrofes son el resultado de décadas de planificación insuficiente, de una prevención deficiente y de una política que sigue actuando cuando el incendio ya ha comenzado, en lugar de impedir que llegue a convertirse en un desastre.
Lo verdaderamente peligroso no es sólo que los montes ardan. Lo verdaderamente peligroso es que como sociedad hayamos empezado a considerar normal que ardan.
El Bierzo empieza en los Montes Aquilianos, en Ancares, en Gistredo, en La Cabrera y en todos los bosques y valles que, desde hace siglos, hacen posible nuestra forma de vivir. Allí nacen los ríos. Allí se forma el suelo fértil. Allí y en otras zonas de la comarca, sobreviven algunos de los bosques autóctonos más valiosos del noroeste de la Península Ibérica y una biodiversidad excepcional que constituye un patrimonio irreemplazable para Castilla y León y para toda España.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si esos montes fueran un simple paisaje y no la infraestructura natural que sostiene nuestra existencia.
Nuestros bosques autóctonos son mucho más que un conjunto de árboles. Regulan el ciclo del agua, protegen los suelos frente a la erosión, conservan una extraordinaria biodiversidad y constituyen uno de los principales sumideros naturales de carbono de Castilla y León. Mientras el mundo busca soluciones para frenar el cambio climático, nuestros robledales, castañares, encinares, abedulares y bosques de ribera llevan siglos realizando gratuitamente esa función esencial. Protegerlos no sólo beneficia al Bierzo; contribuye a afrontar uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: la crisis climática.
Cada incendio representa una doble derrota. Libera a la atmósfera enormes cantidades de carbono acumuladas durante décadas y destruye la capacidad futura del bosque para seguir capturándolo. Cada hectárea que arde agrava el cambio climático y reduce nuestra capacidad para combatirlo.
Pero los incendios no sólo destruyen Naturaleza, también enferman a las personas.
Cada gran incendio provoca un grave episodio de contaminación atmosférica. Durante días o semanas respiramos partículas finas y gases tóxicos que penetran en nuestros pulmones y en nuestro sistema circulatorio. La evidencia científica demuestra que este humo incrementa las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, agrava patologías previas y afecta especialmente a jóvenes, personas mayores y personas con enfermedades crónicas.
Cada incendio forestal constituye, por tanto, un atentado contra la biodiversidad, contra el clima y contra la salud pública. Y esa realidad no se puede normalizar.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado un relato equivocado: al atribuir toda la responsabilidad al cambio climático, que, sin duda, agrava el problema, se pretende justificar la falta de prevención, de vigilancia, de investigación de las causas y la ausencia de persecución de quienes provocan los incendios.
Existe además una realidad de la que apenas se habla. Tras cada gran incendio se movilizan millones de euros en contratos de extinción, restauración, apertura de pistas, retirada de madera y actuaciones de emergencia. La inmensa mayoría de quienes trabajan en estas tareas desempeñan una labor imprescindible y merecen nuestro reconocimiento. Sin embargo, cuando una catástrofe genera oportunidades económicas, existe el riesgo de que el sistema termine dedicando más esfuerzos a gestionar sus consecuencias que a evitar sus causas. Mientras la mayor parte de los recursos se activen después del incendio y la prevención continúe siendo la parte más débil de la política forestal, estaremos alimentando un modelo desequilibrado. La única economía compatible con el interés general es la economía de la prevención.
Necesitamos una política forestal basada en el conocimiento científico y un servicio público profesional, estable y suficientemente dotado para trabajar durante todo el año en prevención, vigilancia, restauración y extinción.
Por todo ello exigimos:
– Una política forestal que sitúe la prevención como prioridad permanente.
– La conservación y restauración de los bosques autóctonos bercianos como patrimonio estratégico frente al cambio climático.
– Un programa estable de restauración ecológica de las zonas quemadas.
– La investigación rigurosa y transparente de las causas de todos los incendios forestales.
– Un operativo público profesional, estable y suficientemente dimensionado acorde a las necesidades de este territorio.
– La protección efectiva de la biodiversidad y de los servicios ecosistémicos que prestan nuestros montes, incentivando a los municipios que conservan su patrimonio natural.
– El reconocimiento de que los incendios forestales constituyen también un grave problema de salud pública.
Ha llegado el momento de comprender que los montes del Bierzo no son un espacio vacío entre pueblos. Son la fuente de nuestra riqueza, uno de los principales depósitos de biodiversidad del noroeste peninsular, un gran sumidero natural de carbono y la garantía de agua, aire limpio y estabilidad climática para las generaciones futuras. Defender la montaña no es una opción ideológica. Es defender el aire que respiramos, el agua que bebemos, el suelo que nos alimenta y la vida que queremos legar a quienes vendrán después.
Desde el Bierzo queremos trasladar nuestra solidaridad a todas las comunidades que han sufrido la tragedia de los grandes incendios forestales. La naturaleza no entiende de fronteras administrativas, y el dolor tampoco. Si arde un bosque, perdemos: pierde la biodiversidad, pierde el clima, pierde la salud de las personas y pierde una parte del patrimonio natural que compartimos.
Los montes son más valiosos vivos que quemados. Toda política pública debería orientarse a conservarlos, no a gestionar las consecuencias de su destrucción.
Por todo ello, ha llegado el momento de exigir políticas forestales a la altura de la emergencia ecológica que vivimos. Defender la montaña no es defender un paisaje: es defender la vida. Levántate. Mira la montaña. Y defiéndela.
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